Mary Poppins con botas

Empezaré el post haciendo un breve paréntesis para pedir disculpas, por una ausencia un tanto larga que guarda sus buenas razones, con un viaje grande de por medio pero también situaciones dolorosas a las que la vida nos enfrenta en algún momento, sí o sí.

Cerrado el paréntesis y volviendo al humor que quiero que se plasme en este blog aunque sea de vez en cuando, quiero contar un momento de júbilo que experimenté bajo una lluvia torrencial en Montevideo. Recalco el BAJO. Hace una semana y media volví de Francia (donde estuve un mes y medio, ¡ouaiiiiis!) y en la capital uruguaya no para de llover. Sólo hubo dos días de pausa, en los que salió el sol, y tengo la teoría de que fue para que las nubes se recargaran. Hoy domingo fue el segundo día pero desde mañana en adelante anuncian más y más lluvias.


La lluvia nos descontrola estéticamente. Si uno sale con todo el ropaje apropiado es ridículo; me imagino a más de uno pensando “este sigue en la escuelita”. El viernes por la noche se me dio por salir, bajo el paraguas por lo menos, pero en mis zapatillas poco a poco se fue formando un estanque. En momentos así uno recurre a viejas técnicas de yoga, exclamando mentalmente un “ooooommmm, que no me mojooo, oooommmm, me acostumbro al aguitaaa, oooommm”, así hasta llegar al refugio del hogar y hacer mil piruetas para sacarse las zapatillas, las medias y el pantalón ensopado, todo sin mojar ni con una gota el piso, porque no volveremos a secarlo.

El sábado se presentó igual: lluvioso. Recuerdo ahora una canción que recitaba así: “Lluvia cae lentamente sobre miii, que más da sin contigo soy feliiiiz. Ay ay ay ayyy, me estoy enamorandoooo, ohhhhh”. ¿Chayanne? ¡No, Enrique Iglesias! Muy lentamente la lluvia no caía igual. Vuelvo a que era sábado… Tenía necesidad de pagar una cuenta, porque si se llegaba a vencer ya sabemos cómo viene la mano después. Mis zapatillas de viernes por la noche seguían húmedas y otro par no me daba la gana de mojar. Apelé a la solidaridad de mi hermana y le pedí prestadas sus grandes botas negras que lleva para la construcción. Armada hasta las patas, como dice el dicho, salí también con campera especial y paraguas. Y al salir de casa, señores, ahí sí que comenzó un placer que no conocía desde chica: chapotear en los charquitos de agua SIN mojarme. La media cuadra que hice hasta el local de cobranzas fue uno de los recorridos más emotivos de mi vida, porque encima de recordar mi niñez, me sentí omnipotente. Basta de barro por todos lados, basta de pies nadando en una piscina. Y ya que estaba, seguí hasta el supermercado, para que el mundo viera que la astucia muchas veces termina por ganarle a la estética.

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Foto tomada en La Défense, París, en julio de 2005. Viene al caso sólo porque era un día de lluvia. Y porque es una foto de mi autoría.

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