Germinando amor

Espero que este post no se caiga de lo cursi pero me dan muchas ganas de contar cierta experiencia. El año pasado descubrí el Sistema Isha, incluso participé de un seminario en su centro en Costa Azul. Acercarme a él plantó en mi la semilla de la búsqueda de ese amor que no es ni romántico, ni el que tenemos por nuestros amigos, familia, hobbies, sino que nace de muy adentro y puede transformar todo nuestro entorno.

Para complementar algo por mi parte, he leído textos sobre el tema y mirado videos de seminarios que explicaban cómo profundizar en nosotros mismos. Primero resultaría como un juego, probando. Concentrar amor, energía positiva en cosas que nos gustan para luego ver cambios sorprendentes. En este verano escuché un seminario de casi dos horas (aprovechando la conexión de internet libre que había en la casa donde vacacioné) del que rescaté algunos puntos interesantes para aplicar.

Algo muy sencillo resultó ser un experimento con germinadores, que consistía en elaborar dos con la misma cantidad de semillas para concentrar energía positiva en uno y negativa en el otro. Cuando estaba en la escuela tuve una o dos experiencias con germinadores, pero nunca más probé. Emprendí entonces la búsqueda en Google sobre cómo hacer el más perfecto posible. Me topé con que iba a necesitar gasa, arena o tierra, papel absorbente, cartón de huevo, etc. ¡Qué complicada se puso la cosa! Pero no podía ser así como lo había hecho en primaria. Buscando opiniones y consejos en mi familia, rescaté el más práctico de una ex maestra: abundante algodón húmedo en los frascos, porotos y listo. Así los hice. Un puñado de lentejas, casi todo un paquete de algodón y dos frascos.

El siguiente paso consistió en dejar los germinadores en un lugar desde me fuera fácil dirigirme a ellos. Pero… ¿¿cómo iba a hacer para trabajarlos con las energías?? Lo único que se me ocurrió fue hablarle, dedicarle palabras amorosas y puras sonrisas al frasco A y mirar con mucho rechazo al B. Así estuve varios días (para burla de mi hermana, con quien vivo) hasta que los primeros brotes se empezaron a ver… ¡en ambos germinadores! En algo estaba fallando, definitivamente. Me concentré aún más en el frasco A y al B terminé por gritarle: “¡No, no y no! ¡Vos no podés crecer!” (juro no estar loca). Más días pasaron y ¿qué pasó? La situación cambió rotundamente a mi favor. En el frasco B sólo crecía constante un brote, desesperado por salvarse supongo, y en el otro no paraban de desbordarse desde todas las semillas . Para que vean que no es changa lo que cuento:

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Era tal el crecimiento (incluso del brote del frasco B) que me apiadé, por lo que decidí que el experimento ya había arrojado su resultado y que era hora de trasplantarlos y seguir adelante con todos. Me fui a comprar, contenta, una maceta, pala y un rociador pero demoré tanto en conseguir tierra (que al final nunca llegó) que los brotes se me echaron a perder… Qué momento… el aceptar ser responsable por sus vidas fue un peso grande. Así comprendí un montón de cosas más de la vida que no voy a exponer ahora. Lo interesante de la pérdida fue que el brote del frasco B, al alentarlos a todos, fue el que sobrevivió hasta el final. Los del frasco A se secaron primero pero ese otro luchaba por su vida, a lo que me planteó otras cosas que tampoco voy a contar en este momento.

¿Experimento descabellado? Quizás. ¿Pero quién me quita lo bailado? “Si alguien se opone, ¡que hable ahora o calle para siempre!”

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