De las tomateras y otras cositas del huerto

Tarde de domingo, sol a pleno, budín inglés recién salido del horno y el estudio a un lado. Tenía varios trabajitos pendientes en la mini huerta que tengo en la terraza de mi departamento y no daba para más estirarlos en el tiempo. El sol está cada vez más agresivo y los plantines pedían a gritos otro espacio. Así que… ¡manos a la tierra!

Primero, mucha, mucha agua. Tengo dos macetas con plantas de tomate. La “grande” tiene tres y la jardinera, dos. Estas últimas, creo que por falta de tierra, consumen el agua mucho más rápido y sufren más con el calor y el sol; cuando vuelvo a casa de tardecita me encuentro que están pachuchas, entonces las meto en “cuidados especiales”, como me gusta llamarle.

Hace semanas atrás encontré varios ramillitos de pimpollos en todas las plantas, lo que se transformó en gran alboroto, entusiasmo y emoción para mi, porque finalmente, tras dos intentos fallidos con tomateras, veo la posibilidad de cultivar en mi propia casa. Y de que no soy una inútil en jardinería, después de todo.

Hace tres días, me di cuenta de que algunos pimpollos se alargaron y otros ya estaban por abrir. Reconozco que se me piantó un lagrimón. A tres días, esto es lo que contemplo fascinada:

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